doi 10.4067/S0718-83582009000300001

 

Bicentenario urbano en Chile: ¿qué pueblo para qué ciudad?

 

Gabriel Salazar Vergara

En su origen colonial, Chile no tenía propiamente "ciudades", sino "pueblos". Es decir: comunidades de "vecinos con casa poblada" que tenían que trabajar productivamente para subsistir. O en las chacras, en las dehesas, en las minas, en talleres artesanales asentados en la ribera inundable del río ("chimba"), donde quiera. La complicidad vecinal era necesaria para ejercer, sobre el entorno y sobre sí mismos, una útil soberanía productiva. Sin ésta, no había vida, ni seguridad, ni futuro. Y a ella concurrían todos: los mercaderes del comercio virreinal, los encomenderos que patronizaban cuadrillas de indígenas, los chacareros de aledaño próximo, los artesanos de allende el río y los licenciados en letras, que procuraban convertir esa complicidad en el autogobierno de todos (que, a final de cuentas, era más el cabildo abierto que la Capitanía General). La complicidad vecinal, hecha política democrática en el Cabildo local, hizo de los "pueblos" una realidad más importante que el cimiento físico de su 'ciudad'. Y en cada uno de ellos, de algún modo, esa complicidad operó como igualdad, y ésta, como democrática soberanía local. Cada "pueblo" se definió a sí mismo por tanto, antes de ser plenamente ciudad y nación, como un crepitante fogón comunitario.

Y eran cerca de 50 los "pueblos" que existían en Chile al frisar el año del nacimiento republicano: 1810. Estaban sembrados a lo largo del país, entre el río Huasco y el Bío-Bío. Distanciados unos de otros por muchas leguas en el espacio y por semanas o meses en tiempo real. No existían caminos ni otro medio de transporte que no fuera el caballo o la cansina carreta de bueyes. Las voces, por lo mismo, demoraban en comunicarse. Las cartas y representaciones se retardaban. Las ideas, sin embargo, crecían y se consolidaban localmente, en el corazón de cada pueblo. La "nación" colgaba entonces, en lo concreto, del lejano centralismo impuesto por el Rey y en lo abstracto, de lo que pudieran hacer todos los pueblos, a futuro, a partir de la imagen de sí mismos.

Sobre ese archipiélago comunal pendían, sin embargo, nubarrones. Poderosas amenazas convergentes. Una de ellas era la multiplicación descontrolada de los mestizos en condición de niños "huachos" sin familia ni domicilio reconocido (por tanto, sin estatus de "vecino con casa poblada"). Careciendo de un Derecho Público adaptado a su condición dado que el Derecho Imperial englobaba sólo a los colonos hispánicos, a los criollos, a los indígenas y a los negroides esclavos, los mestizos se hallaron, desde el principio, en situación de marginalidad integral, con la carga adicional del estigma oprobioso de su nacimiento. No formaron parte orgánica, en consecuencia, de los "pueblos" (salvo si se convertían en artesanos de chimba), razón por la cual engrosaron las anchas y largas alamedas de lo que fue el "bajo pueblo". La multiplicación del bajo-pueblo en condición de marginalidad generó una abundante población vagabunda, que deambuló de un lugar a otro (las fuentes hablan de "nubes de mendigos y merodeadores"), levantando ranchos dispersos en cualquier lugar. Colgando de los cerros. En lo hondo de las quebradas. Nunca se congregaron, por eso, como "pueblo". Nunca fueron identificados en posición de "ciudad". Ante eso, ninguna autoridad, a lo largo de tres siglos y medio (XVII, XVIII, XIX y la mitad del XX), pensó en reconocerlos como "ciudadanos". El sospechoso bajo-pueblo fue visto entonces como un pegajoso "enemigo interno". Eso significaba que era masacrable. De derechos violables.

Por eso, el "bajo pueblo" no tuvo ciudad ni por nacimiento ni por soberanía productiva. Ni por solidaridad ni por admisión a Derecho. Su 'ciudad' fue así inevitabiemente móvil, flotante, nómade, precaria y, por tanto, invasiva. Los pueblos indígenas, al menos, tuvieron territorio propio y país hasta el segundo tercio del siglo XIX. La 'tierra' fue para los indígenas, por eso, su forma particular de 'ciudad'. Y la "frontera" de su territorio fue, por tanto, su suburbio. La chilenización forzada que el régimen portaliano impuso a partir de 1830 sobre todo el territorio que catalogó como 'nacional', desterritorializó la ciudad indígena y no territorializó la ciudad flotante de los mestizos. Tampoco reconoció la soberanía comunal de los 49 pueblos que no eran Santiago, pues el patriciado mercantil que predominaba en la capital (que heredó el control de todo el comercio exterior y el centralismo político de las jerarquías imperiales) terminó por imponerles a todos los pueblos una ciudadanía 'nacional' construida desde Santiago y a imagen y proyección del modelo ciudadano-súbdito dejado como recuerdo por la colonización española. Santiago fue, pues, la segunda amenaza que nubló el cielo de los 49 pueblos ciudades que, durante uno o dos siglos, habían aprendido a autogobernarse en democracia comunal.

De una parte, el bajo-pueblo comenzó, poco a poco, a emigrar a los centros poblados: tenía que producir y vender sus productos para subsistir. Y prefirió, como es natural, bajar al más poblado de los pueblos: Santiago. Después que fue "pacificado" su territorio, los mapuches también se sumaron al movimiento mestizo. Así, un rancho tras otro, por duplicación geométrica, fueron apareciendo en las riberas del Mapocho, por la calle San Pablo abajo, en la periferia del barrio Yungay, por Chuchunco, a lo largo del Callejón de los Monos (Avenida Matta), en los bordes de las Cañadas... Hacia 1840, los rancheríos (o "guangualíes") rodeaban Santiago por tres de sus cuatro costados. La ciudad flotante de los mestizos se materializó así, de pronto, en un gran "aduar africano" (Vicuña Mackenna) que se apretó en el cuello del conspicuo Barrio del Comercio (el cuadrilátero central). Y lo asfixió con sus tendales, sus baratillos, el humo de sus fraguas, hornillas y braseros, sus cabros chicos, el griterío de todos y las palabrotas de siempre.

De otra parte, el centralismo 'imperialista' de Santiago despojó a los pueblos de provincia, poco a poco, primero, de sus excedentes económicos; después, de su autonomía política (abolió los Cabildos, no creó asambleas provinciales e introdujo municipalidades centralizadas), para terminar arrastrando, primero a sus elites (que emigraron a Santiago hacia 1870 y 1880) y finalmente a la masa marginal que creció en el rezago de los pueblos así descremados. La victoria dictatorial de Santiago sobre las provincias (obra culminante del régimen portaliano) fue una victoria "a lo Pirro": todas sus víctimas terminaron agarrándose a su cuello. Pues todas ellas, bajo extorsión, habían dejado de ser "pueblo" en su patria (comunidad autónoma llena de complicidades locales) para aglomerarse en una Gran Ciudad que ya no podía ser pueblo...

Y la Gran Ciudad (portaliana) comenzó a defenderse contra sí misma. Vicuña Mackenna decidió salvar lo que llamó la "ciudad culta" (Santiago sonando París) desgajando de ella a la "ciudad bárbara" (los aduares de mestizos y marginales), creyendo que eran dos ciudades, e ignorando que Santiago, gracias al régimen pelucón, sería una Gran Ciudad Única para siempre. Y el dicho Intendente trazó el "Camino de Cintura" en los contornos y el Cerro Santa Lucía en su vértice. Pero fracasó: los plebeyos apenas se movieron y continuaron atiborrados dentro del anillo. Es que los "rentistas urbanos" estaban ganando mucho dinero arrendando sitios y "cuartos redondos" al invasivo bajo-pueblo. Al por menor y por metro cuadrado. Fue necesaria una segunda ofensiva: se ordenó construir una fachada urbanizada delante de los rancheríos. Se hizo, y surgió el "conventillo". La Ciudad, con él, perfeccionó un tanto sus peores líneas urbanísticas, pero eso significó que los plebeyos se quedaban para siempre. Además, multiplicándose ad infinitum dentro de los conventillos. Los rentistas urbanos se llenaron de dinero mestizo... La Iglesia Católica, viendo eso, conmovida, recomendó entonces construir casas decentes para los trabajadores, y vendérselas a precio módico. Se vendieron así casas de "cités" y de "poblaciones modelos". Pero el bajo-pueblo, ya arranchado por toda la Ciudad, era mucho. Demasiado para la caridad pública o privada. Se levantaron fábricas, se crearon más escuelas. Se prometió esto y lo otro. Fue inútil: las "nubes de mendigos, de obreros, de borrachos, de delincuentes, de prostitutas y, lo que fue peor, de subversivos" siguieron multiplicándose, hasta terminar adueñándose de nuevo, por completo, de la Gran Ciudad, incluso esgrimiendo proyectos socialistas y revolucionarios.

Llegamos así a 1918. Aparecieron monstruosas "marchas del hambre". Se creó la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional, para darle un ultimátum al Presidente de la República. Los estudiantes universitarios ya se habían rebelado en 1906 y se habían sumado, casi desde el principio, a los subversivos y anarquistas. Y tuvieron su primer mártir: Domingo Gómez Rojas. Y los obreros de la FOCH, los estudiantes de la FECH y los profesores de la AGPCH se unieron en 1925 junto a profesionales e industriales para organizar la Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales, con el fin de refundarlo todo: el Estado, la Sociedad, el Mercado, la Escuela y, por supuesto, el pueblo y la ciudad. No pudieron: los reprimieron y engañaron.

Pero la Gran Ciudad, definitivamente, estaba plebeyizada, sin vuelta. Los marginales habían tomado posesión del bastión parisino construido y defendido a balazos por el patriciado mercantil portaliano. Con una clara intención mestiza recolonizadora.

Era demasiado. Fue entonces cuando la elite inició su fuga de la Gran Ciudad. Y abandonó sus palacios "cultos" (de calle Dieciocho, de la calle Ejército, de la Alameda, del Centro) a la chusma. A lo que viniera. Y se refugió, primero, en torno al cerro Santa Lucía. Y después en Providencia. Y más tarde en El Golf, en Vitacura, en Lo Curro, en Los Dominicos, en La Dehesa. Hasta chocar con las montañas. Y siempre fue seguida, paso a paso, tramo a tramo, por la chusma, por un ejército de nanas, por batallones de comerciantes minoristas, transportistas, taxistas, delincuentes y traficantes. La masa mestiza demostró ser leal, pegajosa e indesalojable de la espalda de la elite: tenía que trabajar, vender y comer. En su desesperación, la elite se enconchó como caracol, o como señores feudales en sus castillos, y construyó condominios con murallas, vigilantes y rondines. Con perros y alarmas eléctricas. Con miles de 'rubios' niños prisioneros en la eliticidad de sus colegios, en la elegancia globalizada de los malls, en el silencio conspicuo de los parques escondidos...

Nada parecía suficiente. El vértigo de la fuga elitaria arrastró la ciudad tras de sí, en ruta hacia el Este cordillerano. Y no sólo arrastró a la indispensable masa mestiza, sino también a los emulantes grupos medios que, sobre los escombros de las bajas mansiones abandonadas por sus dueños, están construyendo hoy sus departamentos en altura, gozosos de participar, por retirada de los antiguos propietarios, de los blasones, prestigios y temores del barrio alto... Por eso, la elite de hoy, habiendo agotado las cimas habitables, perforó la cadena de cerros del norte de la capital, para escapar subrepticiamente, a lo largo de iluminados túneles de concreto, interponiendo decenas de peajes carreteros, a los bucólicos valles de Huechuraba, Chicureo, Liray y Colina... Podrá allí tener, por fin, su requiescat in pacem (R.I.P)?

Se han cumplido 200 años de vida republicana. Que son doscientos años de 'pueblos' que perdieron su autonomía, de 'bajo-pueblos' que quisieron ser ciudad y de una Gran Ciudad que ya no puede ser pueblo, sino fuga y persecusión.

Por lo tanto, el balance histórico neto que puede hacerse de estos 200 años es que no hay verdadera ciudad si no hay verdadero pueblo. Y que si no hay ni verdadera ciudad ni verdadero pueblo, postular que existe una verdadera 'nación' es, en lógica pura, unflatus vocis. Es esto lo que hay que celebrar para el Bicentenario.

El problema no es, pues, sólo el tipo de vivienda. O cómo mejorar a posteriori la estética urbanística de una Ciudad que se separa de sí misma al ritmo de una tocata y fuga en rabia y temor sostenido. Pues no se trata de extender los malls, las carreteras y los metros urbanos hasta donde vive, hacinado, el bajo-pueblo, que, aunque se ha apoderado de 3/4 de la Ciudad, todavía no puede ser plenamente 'pueblo'; o sea, vecino confiable y reconocido con casa poblada, igual que todos sus vecinos. Ciudadano integral, como todos sus vecinos. Pues ¿por qué se escapan las elites? ¿Por qué se atrincheran en sus herméticos condominios? ¿Por qué no quieren ser pueblo ni hacer ciudad?

El problema real es que no hemos construido una verdadera sociedad civil. No hemos hecho verdadera ciudadanía ni verdadera soberanía. Todavía estamos, en este sentido, a mediados del siglo XIX. Todavía bajo la concepción portaliana del libre comercio, del Estado liberal, del militarismo y la defensa anti-terrorista de las elites. Todavía estamos temerosos de los mestizos y de los indígenas. Todavía gobernados por colonos añorantes de la Europa globalizadora.

He ahí el verdadero problema. La ciudad no es verdadera ciudad si no es verdadero pueblo, como en el origen. Los arreglos cosméticos de la vivienda no pueden sanar las patologías del cuerpo social. La verdadera medicina, por tanto, empieza donde está el pueblo alienado de sí mismo, no la ciudad.